El silencio del río, de Carlos Triviño (Competencia de Cine Colombiano)

54cacbcbc0c9b__dsc07646_0Cementerios líquidos

Por Brayan Zapata Restrepo

En 1965 Julio Luzardo estrenó El río de las tumbas, una película obligada para cualquier seguidor de la filmografía colombiana. La historia giraba alrededor de un río convertido en cementerio que trastornaba la cotidianidad de un  caluroso pueblo. Cincuenta años después el agua y la muerte vuelven a proyectarse juntas en las pantallas del país con la ópera prima de Carlos Triviño, El silencio del río.

El trabajo de Triviño, sin embargo, tiene marcadas diferencias con su antecesora. Esta vez la trama se desarrolla de manera paralela. Por un lado, en las tierras altas un campesino ve amenazada su subsistencia tradicional al observar cómo desaparecen uno por uno sus amigos a manos de un grupo armado que nunca revela su rostro. Por su parte, en las tierras bajas Anselmo, un niño que ha perdido a su padre, persigue un cadáver arrastrado por el río. La muerte que fluye junto al agua termina conectando a los dos personajes.

El silencio del río es una historia de abuso y explotación. Los campesinos son despojados paulatinamente de todo; poco a poco, van perdiendo sus seres queridos, sus tierras y sus vidas. Ni siquiera con la muerte llega el descanso. Al igual que el río, el espectador es testigo mudo de los múltiples actos de rapiña que sufre el cadáver: niños, pescadores y campesinos, a manera de aves carroñeras, arrebatan las pocas pertenencias que le van quedando al cuerpo, antes de devolverlo a la corriente.

A pesar del entusiasmo que despierta al principio, a medida que se desarrolla el filme comienzan a aparecer problemas en la construcción de la historia. El recorrido de Anselmo se hace inverosímil, su camino es excesivamente largo y arriesgado para un niño de su edad. Algunos episodios se hacen aún más increíbles, como la secuencia en la que dos campesinos sacan el cuerpo del río para hacerlo pasar por un joven desaparecido y darle tranquilidad a una madre ciega. Como si la situación no fuera lo suficientemente absurda, el niño que antes era incapaz siquiera de levantar al muerto ahora lo arrastra sólo de vuelta al río y sin ser descubierto.

El silencio del río  también posee un ruralismo exagerado y exótico, todos los personajes parecen habitar un lugar perdido del tiempo donde no existe el mínimo rastro de tecnología o comunicación con el mundo exterior. Los decorados del parque natural de Virolín, dónde fue rodada parte del filme, no esconden su abandono por años. El descuidado trabajo de arte los hace ver aún más vacíos: cantinas  de paredes desnudas, con unas cuántas sillas  de madera desperdigadas y una radiola invisible, casas cuyo único inmobiliario es una mesa. Los personajes parecen no habitar, ni relacionarse con su espacio. Este quiebre hace evidente que las casas campesinas no son más que locaciones preparadas para una película.

La música de cuerdas, que pretende reforzar los momentos de tensión, se torna demasiado notable y termina haciendo ruido, desenmascarando aún más el artificio que esconde toda película. Por su parte, el trabajo de los actores, a pesar de ser aceptable, no es del todo satisfactorio, aspecto que podría pasar inadvertido de no ser porque termina sumándose a los anteriores defectos de la cinta.

En cuanto a la fotografía, El silencio del río retrata los preciosos paisajes del santuario ecológico de Virolín; sin embargo, este foco en el paisajismo se ha convertido en un lugar común del cine nacional. Además, el uso exagerado de una cámara inestable hace que por momentos sea realmente difícil seguir a los personajes. Es de notar, sin embargo, el acertado tratamiento de la escena subacuática en la que Anselmo, quien nada tranquilamente en el río, descubre el cadáver, logrando sumergir al espectador y desencadenando la trama de la historia.

Por otro lado, al abordar el conflicto Triviño cae en la extrema corrección política de tantas películas colombianas que, concentrándose en las víctimas, no nombran ni le dan importancia al grupo armado culpable. Una representación que puede resultar superficial, pues además de ocultar al agresor durante todo el filme nunca se indaga sus razones políticas, conformándose con una caricatura simplista del enemigo como un otro sádico que actúa sin razón, una especie de animal sediento de sangre.

El silencio del río  plantea una narrativa interesante que, si bien tambalea en su desarrollo, demuestra que nuevos realizadores cómo Carlos Triviño se están arriesgando a mirar el conflicto desde otra perspectiva. “En Colombia se han hecho demasiadas películas sobre violencia, ya se ha visto demasiado desplazamiento en las pantallas”, se escuchaba entre el público al salir del cine. A pesar de esto, en el país la violencia y el desplazamiento forzado continúan; por esto, la obra de Triviño es tan vigente cómo lo fue la histórica cinta de Luzardo en su momento. Heráclito se sorprendería al ver que los ríos en Colombia parecen ser los mismos cincuenta años después.

Anuncios

Acerca de encuentroscartagena

Taller de Crítica Cinematográfica
Esta entrada fue publicada en IX Taller de Crítica y Periodismo Cinematográfico y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s